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Hechizos
Antes de pasar a hablar de las particularidades esenciales de que se constituyen los muchísimos hechizos de magia negra que existen, será menester poder dedicar algún espacio del presente artículo a la correcta dilucidación de algunos detalles. Queremos, mediante esta breve introducción, que el lector tome plena conciencia de qué es lo que hacer este tipo de magia significa. Sea como fuere, tengan por seguro que los hechizos de magia negra no son un juego de niños.
Lo primero de todo será dejar bien en claro que cuando uno cree en la -así denominada- magia negra cree en ella como un poder efectivo. No se trata aquí de la idea de ilusionismo que cotidianamente maneja la mayor parte de la gente de la sociedad. Lo decimos de vuelta (porque es sumamente importante); se trata de un poder. Ahora bien; ¿qué tipo de poder es este? La respuesta es muy sencilla: Se trata de invocar, mediante diversos hechizos, las fuerzas y energías de ciertos poderes, para lograr perjudicar la vida de personas determinadas. Es, entonces, en todos los casos, un poder que se invoca con propósitos destructivos y violentos.

Y por esto mismo que acabamos de decir, como no podía ser de otra manera, es que nosotros no recomendamos la práctica de este tipo de magia. Primero, porque la solución a los problemas de cada uno nunca viene de la mano de la venganza y la violencia y, segundo, porque cuando uno hace este tipo de hechizos siempre termina siendo uno quien peor la pasa. Así, entonces, el presente artículo tiene intenciones meramente informativas. Esperamos que el lector se informe al respecto de qué es la magia negra y cuáles son sus principales poderes, no que vaya por ahí haciendo práctica de lo que aprenderá.
Los hechizos que aquí trataremos son, un poco, como la idea de venderle el alma al diablo; uno le pide a ciertos poderes que perjudiquen al prójimo, pero aquí nada es gratis, y quien pide semejante ayuda, a la larga, tendrá que pagarla con su propio sufrimiento. Cierto es que hay muchas circunstancias de la vida que nos dañan y, entonces, nos queremos vengar, pero este tipo de hechizo no es la mejor manera de hacerlo. Lo peor de todo es que cuando la gente quiere hacer este tipo de hechizo lo hace un poco como jugando; como si en el fondo no creyera que la cosa realmente va a dar resultado. ¡Mucho cuidado!; son como niños que juegan con fuego. Imaginen que ustedes realizan un hechizo para perjudicar la salud de alguien que tuvo para con ustedes una mala actitud; ¿están ustedes dispuestos a sobrellevar la culpa que implicará saber que se ha perjudicado la salud de una persona? ¿Y si la persona en cuestión muere? Quizás ustedes querrán pensar que fue casualidad, que no tuvo nada que ver con la magia en sí, sin embrago, la sensación de que “mataron” a alguien les quedará en el inconciente para siempre. No nos cansaremos de decirlo: Esto no es cosa de niños.

Se trata de invocar poderes supraterrenales para que “hagan” algún daño en nombre nuestro. Como esos poderes con los que uno quiere conectarse son de carácter meramente esencial, uno los llama apelando a los elementos básicos. Toda le existencia terrena está supeditada a la armonía de ciertos elementos; los más importantes son: el fuego, la tierra, el agua y el aire. Así, en este tipo de magia, prácticamente todos los hechizos deben contar con la presencia de algunos de estos elementos. Los elementos de aplicación más común suelen ser; o bien el fuego (en forma de velas o fogatas), o bien la tierra (apoyando las manos sobre ella o poniéndola dentro de algún frasco).
Una vez que se dispone de los elementos, necesitamos algún tipo de objeto que haga referencia directa a la persona que queremos perjudicar (por lo general es una foto o un objeto apreciado por aquella). La idea es muy simple; hay que conectar el poder -del fuego por ejemplo, más comúnmente- con el objeto en cuestión. Lo que en realidad se está haciendo es conectar el poder del elemento con el alma de la persona que queremos dañar; una vez que esa conexión es efectiva solo cabe pronunciar algún conjuro.
Un conjuro es una petición que se la hace a lo poderes con que hemos logrado conectarnos. La gente suele creer (influenciada por ideas románticas) que los conjuros suelen ser en lenguas muertas (latín por ejemplo), pero eso no es necesariamente así. Cierto es que existen conjuros clásicos, pero eso no significa que uno no pueda expresar un conjuro propio. En realidad, bastará con hacer una petición clara y firme; los poderes entienden perfectamente lo que se está pidiendo, no importa la lengua de que se trate.

Ahora reunamos todo lo dicho y demos algún ejemplo. Se toma la foto de aquella persona a la que se quiere perjudicar y, en un lugar oscuro, se prende una vela. Se pasa a contemplar la llama hasta sentir que en el mundo no existe nada más; la mente y el alma tienen que quedar completamente en blanco. Pasado algún tiempo se sentirá que se entra en una dimensión de conciencia diferente; como si realmente se pudieran manipular las cosas. Llegado ese momento se acerca la foto a la llama (sin dejar que se prenda fuego) y se pasa a contemplarla. Hay que dejar que el poder del fuego se funda, en la conciencia, con la imagen de la foto. Una vez que la fusión está completa uno sentirá que es el momento de pronunciar el conjuro. Se dice, por ejemplo, sin nunca dejar de mirar la foto iluminada: “Invoco los poderes del fuego para que en nombre mío dañen… (aquello que sea que se pretenda dañar: la salud, las relaciones afectivas, el trabajo, etc.)… del alma de la persona cuya foto sostengo ahora mismo en mis manos”. Hay que compenetrase profundamente, a la vez que con la foto y el fuego, con cada una de las palabras que se va pronunciando; hay que tratar de hacer del elemento, el objeto y el conjuro, una sensación de unidad perfectamente cohesionada en la propia conciencia.
Realmente esperamos que los lectores de este artículo hayan sabido captar la esencia del mismo. Los hechizos de magia negra constituyen una forma sumamente dañina de poder, sobretodo para con uno mismo. No son un juego de niños.
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