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El diablo

El arcano mayor El diablo viene a representar, básicamente, la idea de carnalidad y materialismo. Es el triunfo de lo sensual por sobre el espíritu; su significado puede ser explicado, en cierto sentido, como una terrible corrupción del triunfo número 6: Los enamorados.

Es una carta claramente relacionada con la idea de sexualidad fuera de control. Si bien es cierto que para poder unirse definitivamente, el hombre y la mujer necesitan venir a encontrarse en el acto sexual, esto no quiere decir, de ninguna manera, que sea el sexo, en sí mismo, lo que más importa.

¡Ojo! No estamos impartiendo un sermón dominical; no somos partidarios de la predica eclesiástica, que muchas veces condena al sexo que solo busca placer. Todo lo contrario; el sexo por placer es uno de los impulsos que más diferencian al ser humano del resto de los animales sexuales. Pero ahora bien; si realmente se quiere que el sexo sea -y siga siendo- un hermoso acto de unión entre el hombre y la mujer, entonces el sexo ha de estar vinculado, necesariamente, no solo con el cuerpo, sino también con el alma.

Es, un poco, lo que ya dijimos antes, al hablar de La templanza; se trata del equilibrio entre extremos: no es cuestión de renunciar, estoicamente, al inmenso placer que pueden llegar a brindarnos los sentidos; pero tampoco viene ser recomendable perder la cabeza en los genitales del sexo opuesto.

el diabloY El diablo es, entonces, en este sentido, no solo el vecino indeseable de la hermosa Templanza, sino también, más extremo aún, su peor enemigo. Mientras La templanza apuntaba a unir a Los enamorados bajo la luz del equilibrio justo, el arcano mayor de que ahora nos ocupamos viene a querer encadenarlos en la eterna prisión que siempre significa transformarlos en esclavos de sus instintos.

Es este un tema de excelente aplicación a muchos de los problemas que enfrenta cotidianamente la humanidad. Por un lado imaginamos que está, por decirlo de algún modo, el bien puro y la santidad. Estos valores vienen a reclamarnos que mantengamos nuestras vidas apartadas de la espuria felicidad que brindan los placeres sensuales. Es una postura de vida que vino a imperar definitivamente en el mundo de la mano de la moral judeocristiana (aunque es verdad que existía desde muchísimo antes, por ejemplo, en las recomendaciones morales de la filosofía platónica). Así, si queremos seguir el consejo de los sacerdotes en cuestión, debemos abandonar todo apetito carnal y toda pasión fogosa. Según ellos debemos cuidarnos del sexo, porque -ellos dicen- “el sexo por sí mismo no tiene ninguna razón de ser; solo sirve para procrear”.

tarot marsellaQue fácil sería la vida si realmente pudiéramos atenernos a ese mandamiento privativo (y lo que más les gusta a los fanáticos religiosos es, precisamente, que conseguirlo es casi imposible); si pudiéramos obviar el llamado sexual de la naturaleza humana (que no es la misma que la del resto de los animales). Que sencillo sería vivir sin el apetito de las pasiones corporales; que sencillo y que aburrido.

Y es así, entonces, que en el intento de alejarse de la inclinación natural de los instintos, la gran mayoría de la gente -si es que en algún momento lo ha llegado a intentar- tiende a fracasar rotundamente. Nosotros, en lo profundo de nuestra alma, nos alegramos mucho de que así sea: “Adelante”, decimos con respeto y amor “que bueno es disfrutar de lo que la naturaleza nos ha dado”.

diablo dibujoPero cuando ese disfrute, al que recién hemos hechos referencia, pasa a transformase en una necesidad constante; en una variable siempre obligada de nuestro bienestar cotidiano. Si la felicidad de la vida se nos hace inalcanzable más allá de la sexualidad eufórica, entonces, lamentablemente, hemos transformado nuestra sexualidad en una verdadera droga; y la última realidad de toda droga es hacernos sus impotentes esclavos; a modo tal de sentir que, más allá de ella, no existe bienestar posible.

Y ahí estará siempre el diablo; sonriente, en pleno dominio de sus poderes de control. Nos quitará la voluntad y nos hará trabajar abnegadamente para él; le daremos la vida a cambio de un poco de eso que necesitamos desesperadamente para ser felices.

¡Qué pena que no hayamos sabido escuchar los sabios consejos de la vecina Templanza! “De la gran felicidad a la gran desdicha hay, en realidad, un solo paso” suelen decir las voces populares; y es verdad: ese paso es el que conduce de La templanza a El diablo.

 
 

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