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El Ermitaño

En un mundo permanentemente bombardeado por una cantidad inaudita de información inútil, el arcano mayor El ermitaño quiere llamarnos a recordar la importancia de saber estar en soledad.

El triste problema -que experimentan cotidianamente muchas personas- de no ser capaces de quedarnos sentados, en silencio, en algún lugar relativamente retirado de las frenéticas actividades de la vida civil, constituye uno de los problemas más acuciantes a que se enfrentan, sobretodo, los individuos que habitan en las grandes urbes. Hablamos así, primero, de la imposibilidad absoluta de encontrarnos en soledad, y después, segundo pero no menos importante, de la imposibilidad de relajarse y -aunque más no sea por algunos minutos- no hacer ni decir nada en absoluto.

¡Ay, pobre de aquél que no sepa escuchar el importantísimo consejo que nos regala El ermitaño; terminará, al fin y al cabo, por abrazar una especie de locura!

el ermitañoNo decimos que aquél que no sepa estar solo terminará alucinando con irrealidades sicóticas (nunca nos permitiríamos hacer semejante afirmación); decimos, en realidad, algo que acaso no sea menos terrible que aquello: hablamos de la locura de nunca, jamás, llegar a tener la posibilidad de ser un individuo, o, si se quiere, pero en el fondo es decir lo mismo, de transformarnos en individuos sin una verdadera individualidad.

El peligro de pasar a transformarse en una parte insignificante de la masa social (resignando, así, nuestra identidad y voluntad) ha sido desde siempre un tema complicado. Pero es en el presente cuando dicho aspecto de la vida ha pasado a ser un problema que necesita, cada vez con mayor urgencia, una definitiva solución.

Mientras en la Edad media (que nunca fue tan oscura como la opinión común cree), por ejemplo, cada uno de las personas tenía un rol social muy claramente definido (o era siervo, o era señor, o era mano de obra estacionaria…), en los tiempos presentes la sociedad tiende a presentarse como un inmenso “cuerpo” donde la acción del individuo viene a pasar prácticamente desapercibida. Antes el artesano era un verdadero artesano; se involucraba íntimamente con todo el proceso productivo, desde el comienzo hasta el fin. Hoy en día, los empleados de una empresa multinacional (por solo dar uno de mil posibles ejemplos) no son más que un número en las infinitas listas del departamento de recursos humanos.

carta de el ermitaño“¡Pero no!” protestará, angustiado, El ermitaño, “el individuo es mucho más que eso. Representa una unidad; es un ser único e irrepetible, una conciencia que puede llegar a comprender, si realmente lo busca con esmero y valor, la esencia más absoluta de aquello que la existencia significa”. ¿Y cómo podremos distinguirnos de la masa si nosotros mismos no sabemos quienes somos? ¿Cómo podremos, algún día, llegar a ser felices, si no somos concientes de que la verdadera felicidad está, siempre, en aprender a conocerse a uno mismo?

La capacidad de ser verdaderos individuos no queda signada -¡de ninguna manera!- en el experiencia física de tener un cuerpo “cerrado”; en el sentido de “claramente diferenciable de todos los demás seres”. Tampoco viene a quedar delimitada en el hecho de que cada uno de nosotros tenga un nombre propio. Juan, Pedro o Pablo (por dar solo algunos sencillos ejemplos) no significarán nada si cada una de las almas que se reconocen bajo la corteza de ese nombre no toman conciencia de que son, en realidad, un “ser total”, en cuyo espíritu puede llegar a caber, aunque parezca exagerado en demasía (nosotros, por lo menos, lo creemos así) la totalidad del universo.

dibujo ermitañoEl ermitaño nos llama, entonces, a la intensa revalorización de nuestra identidad particular; al profundo entendimiento de todo aquello que nos hace singulares. No hacemos con esto una referencia a esa tristísima actitud de asilarse completamente del mundo; El ermitaño no es, ¡de ninguna manera!, enemigo de Los enamorados. Todo lo contrario; ¿cómo podremos llegar a amar al prójimo si no sabemos, en realidad, quiénes somos nosotros mismos? Solo con el pleno conocimiento de las particularidades de nuestro ser podremos complementarnos satisfactoriamente con la alteridad; solo en el perfecto reconocimiento de las partes encontraremos la oportunidad concreta de unir los opuestos para llegar a crear otra nueva unidad.

La aparición repetida de este particular arcano mayor suele hacer una clara referencia a la necesidad de tomar distancia. Recordamos con esto, también, aquélla famosa voz popular que reza: “Los árboles no nos permiten ver el bosque”. Muchas veces las cosas se ven mejor desde lejos; allí, en la soledad de un espacio que no se comparte con nadie, cada quien puede llegar a entender qué es cada cosa.

 
 

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